Hubo un tiempo en que A Coruña despegó con el orgullo como combustible, un período en el que la ciudad se pensó a lo grande para forjar una urbe dinámica, pionera y atrevida. No hay que ceñirse tan sólo a la época contemporánea, pero fue entonces cuando se le puso una etiqueta a ese modo de hacer las cosas: el coruñesismo le llamaron, antes de demonizarlo hasta el punto de que a los coruñeses se les explicó que no podían ser coruñesistas, que eso era pacato o pueblerino. Quienes pregonaron ese discurso contribuyeron luego a llevar a la ciudad a elevadas cotas de languidez. A muchos de ellos les unía una característica, la de no ser coruñeses.
La discusión en torno a si la ciudad debería postularse para ser sede del Mundial de fútbol que se celebra dentro de cinco años retrata a taimados y timoratos. Parece complicado defender que A Coruña debería de quedarse al margen y acabar por entregar algo que tiene en la mano. Más que nada porque desde Vigo, a hora y media de estas tierras, ya han deslizado esta semana que el retorno económico inmediato del evento en la ciudad no bajaría de los 160 millones de euros. Claro, ahí está Abel Caballero dándolo todo en una cruzada tan surrealista como lógica si alguien se vistiese con sus ropajes. “Gracias por defender a la ciudad”, le dicen por la calle. El viguismo, que hace cuarenta años abanderaba un organizador de torneos de fútbol en la playa está ahora representado por un tipo acostumbrado a pisar moqueta, un doctor de la Universidad de Cambridge y máster en la de Essex que no duda en hablar inglés en público como si no hubiese pasado de cuarto de EGB. Sabe inglés, sí. También sabe latín.
A las sedes les piden unas certezas que nada tienen que ver con puntuaciones federativas y que a día de hoy en A Coruña no se ofrecen
Caballero es hijo adoptivo de A Coruña por sus esfuerzos en beneficio de Alvedro, una de las banderas del coruñesismo. Así que también conoce cómo funcionan ciertos resortes. Y ahora expone sus bazas para solucionar un problema. Vigo llegó fuera de plazo al Mundial, quizás descreída de sus opciones y quién sabe si de las de su vecino. Pero ahora juega fuerte. Y ha organizado un pifostio que tiene en un brete a la candidatura española y compromete a muchas sedes que ya se veían en el escaparate planetario. A Coruña es una de ellas y lo es porque no ha hecho todavía sus deberes. Como Málaga o San Sebastián. Aquí se ha trabajado, se han dado muchos pasos hacia delante, pero no se ha conseguido una unidad de acción que retire palos de las ruedas. No pasaron por ello en Las Palmas, donde el Cabildo tiene las cosas muy claras, o en Zaragoza, ejemplar para crear una sociedad mixta público-privada que integra a ayuntamiento, gobierno autonómico y sociedad anónima deportiva. Allí ya se han encargado de recordar también algunas cifras: el Mundial aportaría más de 5.000 millones de euros al PIB nacional y generaría cerca de 100.000 empleos directos.
Mientras todo se sustancia entre traiciones, grabaciones, dimisiones y políticos paracaidistas, la FIFA ya se ha encargado de recordar a todos los implicados que es ella quien organiza el torneo y la que decide, en última instancia, las sedes. Y ahí no entra ni el tato. Por eso, en clave coruñesa y coruñesista, conviene atarse los machos. El partido no sólo no ha terminado sino que, ahora con los últimos acontecimientos, acaba de empezar. Y a las sedes les piden unas certezas que nada tienen que ver con puntuaciones federativas y que a día de hoy en A Coruña no se ofrecen. Y si aquí no se concretan, hay en Vigo un tipo atrevido dispuesto a pensar, a su manera, a lo grande por su ciudad.