Una afición de Champions. Con o sin Final Four. La afición del Liceo tiñó Barcelos de verdiblanco en una noche mágica, de esas que quedan para la historia y que marcan un antes y un después, el inicio de algo más grande pese a un final con suspense que no fuera el deseado.
Por coche y en autobús, la afición coruñesa no dejó solo al Liceo. A las 17.30 horas salieron los dos buses con destino a la localidad del norte portugués, famosa por el gallo, símbolo de todo el país. Ni el mal resultado de la ida restó ilusión a los seguidores, de todas las edades, mayores y pequeños, familias enteras, espíritu y esencia verdiblancas.
“¿Cuántos somos? ¡Tenemos que ganarles a los portugueses que vinieron aquí!”, se animaban en el trayecto, en el que empezaban a entonar las primeras canciones. Primero tímidamente, más animados según se pasó al otro lado de la raia. “Vamos a ganar 2-5”, decían. Casi.
A la llegada al pabellón, los aficionados coruñeses ocuparon entero uno de los frentes de la grada, detrás de una portería, aplaudiendo incluso durante el calentamiento rigurosamente dirigido por Marc Godayol. Por ánimos no iba a ser. Aunque fuera sin bombos, tambores, vuvuzelas y pancartas que fueron confiscados en la entrada (igual que comidas y bebidas, incluso las que eran para los niños).
Y armonía. La semana pasada, en el Palacio, las hinchadas incluso habían intercambiado bufandas como símbolo de amistad. Esto iba de dejarse las gargantas, de gritar hasta quedarse afónicos. Y nada más. Como tiene que ser. Y el “¡Liceo, Liceo!” se dejó notar incluso por encima de una afición local que no paró de animar ni en uno de los segundos de juego. Ejemplares también.
Vuelta a casa, de madrugada, los buses iban cargados de orgullo infinito. Un poco o mucho cabreo con los árbitros italianos. Y entre las cuatro y las cinco, llegada a A Coruña. Solo un par de horas después, los niños estaban en el colegio, los mayores en sus trabajos. Pero había merecido la pena.