Las últimas experiencias del Deportivo con jugadores veteranos han dejado en el entorno blanquiazul cierto recelo cada vez que llega un jugador que supere la treintena. Y cuando se pone como ejemplo a Salva Sevilla, Ibai Gómez y compañía, poco argumento se puede poner enfrente. Pero lo cierto es que la experiencia es fundamental en un vestuario, aunque esta no se mida siempre por el DNI y sí por el número de experiencias vividas sobre el verde.
No hay fórmulas mágicas en el fútbol. Mucho menos en una ‘Hypertensiones’ bipolar que se empeña en demostrar una cosa y la contraria en cuestión de jornadas. A veces en la misma jornada. Pero conocer el camino que toca cubrir para conseguir los objetivos de la temporada, haberlo hecho antes en el mismo lugar y con las mismas sensaciones, es un valor añadido que puede sostener a un equipo. Sobre todo en los momentos malos.
Hasta hace unas semanas en el Deportivo nadie se resignó a dejar de hablar de un posible ascenso. La ambición es encomiable. La inconsciencia, mayúscula. Colarse en la élite de la categoría siendo un grupo de recién llegados es una anomalía al alcance de muy pocos. Los ‘Mirandeses’ no crecen en los árboles y no deben tomarse como ejemplo. Mucho menos obviando los diferentes contextos de Anduva, donde hasta hace nada seguían hablando de conseguir los 50 puntos que dan la permanencia, y Riazor, que nunca ha dejado de mirar a Primera División a pesar de sus cuatro temporadas en Primera RFEF. Por eso bien haría el club blanquiazul, tanto en la planta noble como en la caseta, en abrazar el aprendizaje de la presente campaña celebrando y no lamentando. Entendiendo que era todavía demasiado temprano para cotas tan altas.
Basta con comparar el grado de ‘sabiduría’ acumulada por rivales como el Cádiz al que presenta un grupo deportivista cuyas estrellas podrían ser sus hijos si midiésemos la edad en partidos en el fútbol profesional. La diferencia absoluta entre plantillas es abismal, pero si echamos un vistazo a los ‘capos’ de cada bando, el duelo generacional se multiplica. Yeremay y Mella asombran a propios y extraños, pero no dejan de ser unos recién llegados, lo que se nota sobre todo en la continuidad. Barcia, Villares, incluso el propio Mario Soriano, que solo aterrizó un año antes.
Todos buscan el motivo por el que el Deportivo no está más arriba esta temporada. Alguno señalan el lastre del inicio antes de la salida de Idiakez. Es legítimo. Otros miran a la dirección deportiva lamentándose de que no se acertara en las piezas necesarias para complementar, precisamente esas jóvenes estrellas. Probablemente no estén equivocados.
Si me preguntan, más que talento, algo obvio, lo que más se nota en falta en este equipo es el tiempo. La falta de cocción para ser capaz de dar continuidad a los momentos buenos, en los que el equipo ha demostrado poder reducir a cenizas a la mayoría de rivales, y reducir daños en los malos. Haber sufrido y sobrevivido para sobrevivir de nuevo cuando toque volver a sufrir. Y eso solo lo da acumular partidos y más partidos. El ritmo de playoff del Dépor de Gilsanz desafía esa lógica, por lo que quedan nueve jornadas para darme la razón... o para que aprenda un año más que en fútbol nada está escrito.