No hay tarea en cada entrenamiento en la que no se escuche la voz de Lucas Pérez para meter presión a sus compañeros. Es el reflejo de la exigencia máxima, de la competencia, de mantener un nivel alto que obligue a cada jugador a intentar seguirle el ritmo. Exprime a todos. Una virtud que hace unos días elogió su entrenador, Óscar Cano. Ni la paternidad recién estrenada ha relajado al de Monelos en su cuarta etapa en el Depor.
Lucas es un martilleo constante que sufren, en positivo, el resto de jugadores. Piques, algunos recados (quejándose de los pases que recibe), bromas, abrazos... No para.
La sesión de ayer fue la de menor carga de trabajo de la semana, algo habitual a dos días de partido, pero Lucas Pérez subió los decibelios y también los vatios en un ejercicio en el que el cuerpo técnico dividió a la plantilla en tres grupos e iba contando los goles que anotaban tanto en disparos desde la frontal como en los centros laterales que servían al área.
Lucas compartió grupo con Trilli, Lebedenko, Lapeña, Villares, Soriano y Saverio. Cuando le tocaba descansar, animaba a los compañeros que tenían que ejecutar el ataque y vacilaba a la competencia. Fueron muchos los destinatarios de sus provocaciones. Quiles, con el que previamente se había fundido en un abrazo, tal vez el inicio del pique, fue uno de los que más le tuvieron que escuchar. Toca la moral.
Pero el ‘7’ no solo va de boca, sino que ejecuta. Se cansó de aportar goles al equipo azul, que se llevó el ejercicio de calle. Tanta superioridad exhibió que el segundo clasificado no dudó en celebrar la plata incluso antes que el equipo de Lucas Pérez posara como ganador. Entre los subcampeones, Pablo Martínez, Rubén Díez, Kuki, Arturo, Bergantiños o Antoñito, al que le vacilaron tras un despiste en el ejercicio. Buen ambiente, risas y competencia al máximo antes de intentar mejorar a domicilio.