Tengo casi 40 años, pero la verdad es que no sé muy bien cómo funciona la vida. No me siento un adulto plenamente funcional, pero creo que se me da bien disimularlo. A la mínima dificultad, mi primer reflejo es siempre el mismo: ¿qué haría mi madre? Y si la duda persiste, que suele pasar, la llamo.
Me pasa con todo. Si tengo que llamar a un electricista, primero consulto con mi madre. Si me llega una carta del banco con un lenguaje extraño, le hago una foto y se la mando. Si me veo un lunar en un costado y pienso que voy a morir, no miro Google –eso ratificaría que voy a morir– y llamo a mi madre. Si en una cena alguien empieza a mencionar el IRPF, asiento e intento cambiar de tema, mientras en mi cabeza solo resuena una cosa: ya le preguntaré a mi madre de qué va esta movida.
No me doy cuenta de lo esencial que es hasta que no está disponible. Si no me coge el teléfono en ese momento, me desarmo. Hasta ahí llegan mis recursos.
El Dépor es como yo. Y Villares, como mi madre. En Castalia, donde Villares no jugó, el Dépor se dio cuenta de lo mucho que lo necesita. Como cuando llamo a mi madre y no me lo coge.
Y ante el Cartagena demostró su versión polifacética actuando de lateral izquierdo por primera vez en su carrera. Como mi madre, que se reinventa sobre la marcha: contable, médico, consejera, restauradora... El Deportivo es mejor con Villares y, sobre todo, se da cuenta de lo mucho que le necesita cuando no está. Villares es mi madre.