Inasequible al desaliento. Así es Carlos Silvosa (A Coruña, 1998), jugador del Maravillas y vivo ejemplo de que las graves lesiones no solo les suceden a los profesionales y de que, aún con menos medios y una buena dosis de paciencia, también se pueden superar.
En febrero de 2018 el ligamento cruzado de su rodilla izquierda dijo basta, pero tras un mal diagnóstico siguió jugando, lo que le provocó la rotura también de los dos meniscos. Una tríada, pero en la otra pierna, que iba a sufrir de nuevo en el verano de 2023, cuando comenzó un periodo de espera que terminó el pasado domingo, más de 500 días después, cuando entró al campo a los 73 minutos frente al Union Sportiva. Y no se quedó ahí, tan solo un cuarto de hora después estaba celebrando un gol clave para que su equipo siga vivo en la lucha por el ascenso, a un punto del puesto de promoción que ocupa el Suevos.
En el Maravillas desde cadete, apenas sufrió lesiones en sus primeros años. “Solo algún esguince de tobillo o dolencias musculares leves”, recuerda antes de narrar como vivió la primera de sus dos tríadas.
“Un rival me rozó la pierna, pisé extraño y noté un chasquido en la rodilla izquierda. Cuando me levanté la sentí algo inestable, por lo que pedí el cambio y fui a Urgencias, donde no me detectaron nada en caliente. Estuve una semana en reposo y luego volví a los entrenamientos y a los partidos hasta el verano”, comienza su explicación.
“No sentía dolor. Dicho por los fisioterapeutas, la musculatura de la pierna me ayudó. Cuando sí noté que algo iba mal, fue al inicio de la siguiente temporada, tras un periodo en el que perdí parte de esa musculatura. Me fallaba con frecuencia, por lo que me hice una resonancia y ahí se confirmó que me había roto el ligamento cruzado anterior y los meniscos, desgastados tras jugar ese tiempo sin una parte muy importante de lo que da estabilidad a la rodilla”, añade.
Carlos, que se define como un “delantero de espacios”, pero con capacidad de adaptación al fútbol que practican ahora, más de toque, se puso en manos del reconocido traumatólogo Rafael Arriaza, que le operó en diciembre de 2019. Desde ahí hasta la próxima vez que se puso las botas pasaron solo tres meses, apurando el plazo genérico que le dieron, de seis-ocho meses. Eso sí, entonces llegó el Covid-19 y no volvería a jugar un partido hasta bastante después.
Ni ahí ni en la siguiente lesión tuvo dudas de si volvería. Tampoco miedo. “Tengo la suerte o desgracia de ser un poco inconsciente en este aspecto, ya que aislo lo que me ha pasado con lo que vivo en el momento. Me centro en entrenar lo mejor posible dentro de las sensaciones que tenga. Si las rodillas me responden, no pienso que nada malo pueda pasar”, asegura.
Sí puso alguna interrogación más Arriaza cuando le operó por segunda vez. “Le comentó a mi familia que sería mucho más complicado y doloroso, pero finalmente con esfuerzo y trabajo tanto en el fisio como en el gimnasio, he podido volver”, se congratula.
Y es que pese a que esta vez la lesión quedó clara desde el principio, el proceso fue mucho más lento. “Fue en una pachanga de verano, arrancando de forma lateral para zafarme de un rival. Ahí noté el chasquido de la otra vez, por lo que al momento me di cuenta de que me había roto el cruzado. Ya no me hice ficha con el club para ese año por no saber la fecha de la operación, que se demoró hasta noviembre de 2024 porque no tenía prioridad al no tener problema para practicar deporte sin impacto. Cuando llegó la fecha, los meniscos se encontraban desgastados casi en su totalidad, por lo que el doctor añadió unos tensores en la rodilla para darle estabilidad y durabilidad”, narra.
Apurando de nuevo plazos, y en apenas cuatro meses, ya está de vuelta. “No estoy sintiendo molestias más allá de agujetas o cargas musculares, la verdad estoy sorprendido con la buena adaptación que estoy teniendo, esperemos que siga así...”, pide Carlos, que asegura estar trabajando para lograr ese “punto de fuerza y velocidad” que le caracteriza. Considera, asimismo, que llegó con muy buena base a la operación. “Esta vez fui con algo más de calma, pero al saber que tenía que esperar tanto, empecé a hacer gimnasio, carrera continua sin molestias, algún partido de pádel suelto... Creo que el ir al quirófano con una buena musculatura me ha ayudado”, explica.
Con respecto a su vuelta, destaca que lo hizo de la mano de otro compañero, un Javier Sobrino que también volvía tras superar una lesión de cruzado. “Estaba feliz y ansioso por tocar el balón y volver a jugar con los compañeros. Además, entré a la vez que un amigo, que le pasó lo mismo, por lo que estoy muy contento por ambos”, detalla Carlos.
La guinda fue el gol. “Acabé emocionado. Y muy arropado por los compañeros, que son los mejores”, finaliza.