(Transcripción de Israel Zautúa)
Ser deportivista significa orgullo de pertenencia, sobre todo cuando llevas 23 años fuera de A Coruña. Vivo en Tenerife, en una zona súper turística en la que me encuentro con gente de muchísimas nacionalidades y me doy cuenta de lo grandes que fuimos y seguimos siendo porque cuando voy por la calle con la camiseta del Dépor, me siguen identificando con la época buena, aunque hayamos jugado en Primera RFEF o ahora estemos en Segunda. Hay gente que se para a hablar conmigo y me cuenta anécdotas de cuando su equipo jugó contra nosotros en la Champions, la Recopa y la UEFA.
También me siento orgulloso de ver que mientras en otras ciudades paseas y ves que los chavales llevan camisetas del Barça, del Madrid o del City, en A Coruña son del Dépor.
Me crie en la zona de Los Mallos y La Sagrada Familia, pero en 2002 me vine a Tenerife porque estudié filología inglesa, ese año en Galicia no había oposiciones, tenía claro que me quería dedicar a la enseñanza secundaria y de las opciones que había, era la que me apetecía más.
Aunque vivo a 1.800 kilómetros de distancia, estoy atento a redes sociales, programas deportivos, podcasts y todos los años intento que alguno de mis viajes a casa coincida con partidos en Riazor. Esta temporada, por ejemplo, pude estar allí contra el Oviedo y el Mirandés, con lo que se ve que en casa no llevo muy buena suerte (risas). Aun así, voy siempre que puedo.
Estas últimas temporadas, en Primera RFEF, hice el esfuerzo para acompañar al equipo en desplazamientos como León o Sestao. De hecho, le guardo mucho cariño a estos viajes en esa época dura por lo bien que nos acogieron en sitios más pequeños y donde se vive el fútbol de otra manera.
Mis dos grandes desplazamientos fueron el Centenariazo y la primera Copa del Rey, contra el Valencia, que tengo el recuerdo de la pechada de kilómetros para luego volver el martes y que justo estaba esperando a que salieran las notas de selectividad. Fue una liberación, después del estrés de estudiar, del tute y todo lo demás. El Centenariazo fue el alegrón más grande que me he llevado. Iba a Madrid un poco casi de fiesta, como invitado, como íbamos muchos, pero marcamos el primer gol, y dije, ostras. Luego llegó el segundo y ya pensé, cuidado, esto va en serio. Viendo cómo estaba todo preparado para ellos, por lo que supuso, la repercusión internacional que tuvo, el sentimiento allí en el campo, de ganarles en su casa, de sacarles la fiesta de los fuciños, como diría Arsenio, fue glorioso.
Si me tengo que quedar con un momento negativo, no va a ser el penalti de Djukic porque lo viví en Riazor, acompañado de los amigos, saltamos al campo y acabamos en Cuatro Caminos. Me impactó más la eliminación en semifinales de la Champions contra el Oporto porque ya vivía en Tenerife y vi el partido solo, en casa, y fue muy difícil de digerir.
Mi padre, que ya me había llevado previamente a ver al Liceo, fue quien me llevó por primera vez a Riazor. El Dépor jugaba en Segunda, un par de años antes del ascenso contra el Murcia, y ya me enganché.
Nunca vamos a encontrar un presidente con el sentimiento y el conocimiento futbolístico de Lendoiro. Como entrenador, por supuesto, Arsenio, por idiosincrasia y un poco todo.
Aunque luego acabó un poco convertido en villano, el jugador que más me marcó de chaval fue Djukic. Cuando lo fichamos, a falta de unas jornadas en Segunda, vi cómo conducía la pelota con ese porte y dije, de dónde hemos sacado a este tío. Más tarde, Djalminha, al que he visto hacer cosas que nunca he visto a nadie.