“Yo me quedo aquí”, gesticularon Yeremay y Mella, las dos anclas del talento deportivista a día de hoy. “Yo, aquí”, zanjaron en la celebración de sus dos golazos, exuberante rúbrica en Riazor de su continuidad en el equipo tras tantas disquisiciones sobre el futuro, en discusión sobre todo el del canario durante el pasado mes de enero. Por si acaso, tras el partido, ya se encargó de recordar que es un niño que trata de ahuyentar los pájaros que sobrevuelan su cabeza.
Aquí se quedan y aquí seguimos todos, en las malas y en las buenas, que fueron éstas últimas las de este domingo. Cuando el escepticismo sobre el rendimiento del equipo como local se apoderaba de la clá blanquiazul llegó un partido casi redondo para mostrar que en el fútbol nada es previsible. Y más con Yeremay y Mella por medio.
Hubo que esperar a febrero para que apareciese el Deportivo que anhelaba Riazor, el que manda, desborda, marca y gana tras someter primero, y contener después, al rival con más recursos económicos de la categoría. Antes hubo algún retazo, como la noche de aquel dadivoso Castellón o varias demostraciones a domicilio. Pero el pan y mantequilla, que diría Toshack, está en casa. Ahí es donde se edifican las campañas exitosas, el espacio en el que el Dépor sufre de manera que condiciona su temporada. Hoy el equipo es décimo y desde la primera mitad de la tabla contempla más cerca el playoff que el descenso.
Todo se encarriló en una primera parte de videoteca en la que el juego se hiló con precisas costuras. En situaciones así cabe interpretar si es más culpa rival que acierto propio. Convengamos que el partido del Almería fue catastrófico ya desde la puesta en escena de su primera línea defensiva, a la que acudía con dos peones, y no muy esforzados, para contener la salida de pelota del Deportivo que se armaba con los dos Pablos, José Ángel y Helton en el manejo. Y ahí cabe valorar también la pericia a la hora de construir. Ese inicio hizo que todo fluyese hacia Soriano, que se hartó de ofrecer soluciones en la primera parte, Yeremay, Mella e incluso Villares, excelente con balón. Llegó con ellos el Deportivo frenético y vertical que hasta ahora se había mostrado casi siempre lejos de A Coruña.
El equipo se activó a partir del balón y encontró esos espacios en los que tan cómodo se encuentra. E integró en todo su andamiaje al recién llegado Eddahchouri, que sin acabar de participar del todo en la circulación del esférico, dejó credenciales de que tiene un martillo en la bota derecha con el gol que le desató hacia la grada y aflojó el nudo del partido. En un equipo en el que los delanteros tienen problemas para marcar es una excelente noticia que llegue uno que se saca un tanto de la nada, por más que tuviese algo de fortuna en ese leve toque del zaguero que envenenó la pelota hasta la red. Eddahchouri no semeja un fajador en defensa y su talento está por integrar en el engranaje colectivo, pero se le observaron condiciones diferentes a las que ofrecían hasta ahora los delanteros del equipo. Y era de eso de lo que se trataba.
Marcó el novato con un gol que evocó (desde el otro perfil) a Quiles, lo hizo Yeremay poco después en una maniobra de orfebre en el área y Gilsanz empezó a hacer el típico gesto del entrenador que pide que las líneas se junten. Esa es la otra versión del Dépor que también debe ayudarle a crecer, la del equipo que sepa contener a partir del esfuerzo de futbolistas solidarios que ofrecen ayudas y no conceden ventajas en los balones al área. En esa línea se movió el combo de Gilsanz en la segunda mitad, cuando tras el gol de Mella y el paso por la caseta, Rubi envió a sus pupilos a campo contrario.
Presionó con más hombres y, sobre todo, con el equipo más alto el Almería y generó alguna incomodidad. No es sencillo engranarse en situaciones así, pero alguna solución encontró el Dépor. Estaban casi siempre por el medio, en Mario Soriano o en algún apoyo más que aprovechase los espacios tras la primera línea de presión rival. Cuando llegó la precisión para encontrar esa salida al laberinto, amaneció también un luminoso horizonte en el ataque. Y ahí pudo llegar el cuarto gol con una virguera finalización de Yeremay, siempre con la chistera a punto para extraer su magia. Lo evitó un defensa bajo palos.
El Almería se topó con un muro. Encontró a un oponente que hizo un excelente ejercicio defensivo, bien ordenado ante Helton, concentrado en el balón parado, ganador en los balones al área. Por eso algunos futbolistas de la línea zaguera hicieron ademanes de disgusto cuando llegó el postrero gol que evitó que el equipo se marchase con la portería invicta.
Benditas rebeliones ante una batalla bien ganada. Pero este partido con dos caras, jugado en sentido contrario en sus dos mitades, evidenció la mejora del equipo, que aún con la dolorosa salida de Lucas no parece haber perdido dictado en ataque e, imprecisiones iniciales al margen, empieza a mostrarse algo más poderoso cuando el rival le obliga a enrocarse. Eso y, momentos de forma individuales, como los de Ximo, Martínez o José Ángel, animan a pensar en un final de temporada sosegado. Salvo que a este equipo tan imprevisible le dé por hacernos soñar.